Una de mis "recientes" aficiones, como explicaba en mi presentación, es el de la escritura. Hasta hace muy poco nunca me había atrevido a escribir algo propio, novelesco. Pero un día me levanté y me dije a mi mismo: vamos a ver qué tal se me da.
Y empecé a escribir.
Normalmente estos ataques suelen ser muy efervescentes y no me duran mucho más de un mes. Pero en este caso he ido manteniendo las ganas de seguir escribiendo y, después de escribir un relato policíaco de casi 40 páginas y de demostrarme a mi mismo que sí era capaz de escribir algo, no sólo con sentido, sino con un mínimo de gusto literario, decidí empezar a tomar clases de escritura narrativa.
Lo que hoy quiero mostraros es el que ha sido mi primer ejercicio del curso. Un relato basándose en la técnica de "plagio creativo". O sea, basar tu relato en un hecho, noticia, obra o texto conocido, pero adaptándola a tu estilo, cambiando el narrador, punto de vista, época... No se trata de plagiar a secas. Es en lo que en cine, hoy en día se llama "remake", vamos.
En mi caso, he escrito una nueva versión de un relato corto de unos de mis escritores favoritos, Arturo Perez-Reverte, titulado "Un asunto de honor".
La esclava y su muñeca
Es curioso saber que están a punto de matarme, y aun así, descubrir que no tengo miedo. Que incluso me siento bien, en paz. Hace apenas unos ciclos, sin embargo, antes que empezara mi intento de fuga, estaba aterrada. Atemorizada. Sin duda, lo prefiero así.
Todo empezó con la llegada de Nar’h Qukth a la estación de consumo propio en la que vivía con mi hermana mayor Lutra’Oh. Ambas habíamos nacido y crecido aquí; igual que lo hizo mi madre, la madre de mi madre y todas sus respectivas madres en los últimos 1700 ciclos mayores. La estación ha sido lugar de paso durante generaciones de todo tipo de personajes. Los consumistas se mezclan entre transportistas Ī’zares, mercenarios Kull y soñadores sin hacer demasiado ruido. Nadie quiere molestar a un soñador. Todo el universo lo sabe.
Como decía, llegó Nar’h a la estación unos tres ciclos atrás. Con él, llegaron las esperanzas. Cabizbajo al haber visto a su presa escaparse cuando más cerca la tenía, quería desahogarse y de ahí su parada en la Colmena, como se llama el sitio. Aunque más bien no es que lo quisiera: lo necesitaba. No le gustaba consumir Esclavas, pero sabía que le quedaba un duro retorno a Nuevo Marte y no aguantaría un viaje tan largo después de una cacería de otra manera.
Solicitó a Lutra, mi hermana, en cuanto la vio acceder a la sala de espera, y subieron juntos a nuestra habitación. Apenas mediaron un par de palabras para establecer el método de pago, se tumbaron en la cama y, sin esperar mucho más, Nar’h la besó en la nuca. Había visto mucha gente consumir a mi hermana a lo largo de los ciclos mayores, pero nunca con tanta delicadeza como lo hizo Nora, como luego supe que le gustaba que le llamaran. Apenas duró unos minutos y pronto ya se encontraban sentados en sillas separadas asimilando su nuevo estado energético. Fue entonces cuando Nora reparó en mi presencia.
Aunque él imaginaba la respuesta, le preguntó a mi hermana que qué hacía yo en la habitación siendo tan joven; Lutra le explicó mi historia. Le explicó, mientras yo seguía agazapada y aterrada en una esquina de la habitación, cómo me habían vendido a un rico Grall’uk para ser el primero en consumirme. Esperaban que llegase aquel mismo ciclo y quería estar conmigo para intentar protegerme. Era sabido que el primer consumo de una Esclava podía ser tan placentero como el resto de los consumos que daría a lo largo de su vida sumados todos ellos. Además, cuanto más joven fuera la Esclava, más energía ofrecía su cuerpo y más placer producía. Por otro lado, las probabilidades de matar a una niña Esclava tan joven en su primer consumo eran altísimas. Y las que no morían, apenas sobrevivían unos pocos ciclos mayores.
Nora, sin querer conocer más detalles– no por Lutra ni por mi, sino porque detestaba la gentuza que iniciaba Esclavas de esa manera – salió de la habitación y bajó a comprar vitaminas mutantes antes de retomar el viaje. Fue en ese momento cuando vi la oportunidad de escapar de mi vendido futuro. Sin pensármelo dos veces, cogí a Boli, la única muñeca que he tenido en mi vida, corrí al puerto y me escondí en la cabina de la nave en la que vi llegar a Nora desde mi ventana.
Llegó él poco después despegando rumbo a Nuevo Marte. Sentí que de verdad iba a conseguirlo; iba a ser la única Esclava libre en mi familia en los últimos 500 ciclos mayores; pero, apenas unos soles más tarde, cuando Nora se dirigió a la sala de control, me descubrió acurrucada debajo de una mesa. Haciendo caso omiso a mis palabras dio media vuelta a la nave y me llevó de nuevo a la Colmena. No quería entrometerse en los negocios de un Grall’uk y tenía suficientes motivos para no hacerlo. Al llegar me llevó de nuevo a la habitación de mi hermana. Ahí la encontramos junto a mi comprador y a sus matones, al que se le iluminaron los ojos y mostró una sonrisa perversa al ver que su Esclava había vuelto. Nora me dejó ahí y volvió a su nave.
El viejo se acercó lentamente hacia mi. Me analizaba. Buscaba en mi piel restos de algún consumo anterior. Al poco sonrió de nuevo, me agarró del pelo y me arrastró hasta la cama. Se colocó encima mío, acariciándome mientras dos de sus esbirros me sujetaban fuertemente, a pesar que no hacía esfuerzo alguno en intentar huir. Me apartó el peló y justo cuando estaba a punto de morderme el cuello sonó un fuerte ruido y salió despedido hacia atrás. Otros dos sonidos estridentes consiguieron que los que me sujetaban cayeran al suelo gritando de dolor mientras se tapaban las orejas. Justo en ese momento vi a Nora, acercarse a mi, me sujetó de la muñeca y me sacó de la habitación. Aún no sabía muy bien qué había pasado cuando ya estábamos a varios soles de distancia de la estación. Cuando por fin pude aclarar mi mente le pregunté porqué había vuelto a por mi. Me respondió con tan sólo cuatro palabras: te dejaste esto aquí. Y me devolvió a Boli, mi muñeca.
Casi dos ciclos después paramos a descansar en Dakra’h, un satélite errante, hospedándonos en un tranquilo hotel. Fue ahí cuando le confesé a Nora lo que había estado pensando durante el viaje desde el momento en que huimos. Le ofrecí que fuera él el primero en consumirme. Estaba convencida de que lo haría con cuidado y que no permitiría que me ocurriese nada. Y aunque en un principio rechazó firmemente la idea, al final aceptó.
Nora me tumbó en la cama tal como hizo con Lutra, apartó mi pelo de un gesto y posó sus labios suavemente sobre mi nuca. No duró ni cinco segundos y aun así fue toda una tortura para mí. Noté cómo envejecía por dentro y por fuera. Cómo mi piel perdía tersura y mi salud flaqueaba, pero, por otro lado, sabía que nadie más podría hacérmelo de nuevo. Mi primera vez había pasado dejando a Nora dormido al instante de pura satisfacción. Al despertar, al ciclo siguiente, volvimos a la nave y continuamos nuestro viaje rumbo hacia Nuevo Marte con la seguridad del que no conoce su destino. Sin saber que era la última vez que íbamos a ver una estrella aparecer por el horizonte.
Apenas habíamos recorrido unos soles de distancia cuando una explosión hizo tambalear la nave. Nora descubrió en los cuadros de mandos que una nave nos perseguía y había disparado contra nosotros. Nuestra nave perdía velocidad poco a poco, por lo que decidimos aterrizar en el primer planeta que cruzamos para intentar escondernos de nuestros perseguidores.
Aterrizamos bruscamente en el borde de un bosque donde los árboles se vestían de colores que ni siquiera sabía que existieran. Corrimos a través de él, con la esperanza de despistar al viejo Grall’uk y a sus matones que aterrizaron segundos después a nuestro lado. En cuestión de pocos minutos salimos por el otro lado, encontrándonos un mar púrpura delante de nuestros ojos. Le confesé a Nora que era la primera vez que veía un mar con mis propios ojos. Había escuchado sobre ellos. Los hay de todos los colores, dicen. Pero tenerlo delante, observarlo, infinito, me proporcionó una paz que no había sentido en toda mi vida.
En este momento, acaban de salir del bosque nuestros perseguidores, todos ellos empuñando pistolas y rifles láser. Al viejo Grall’uk se le ha escapado un grito de rabia al descubrir, por mi aspecto, que ya he sido consumida. Su cara se ha convertido en puro odio.
Nora se gira hacia mi, me sonríe y me dice que no me mueva, que abrace a mi muñeca mientras él se encarga de todo. Que pronto no habrá que temer por nada. La calma y la tranquilidad crecen aún más en mi interior y me siento segura, a salvo. En paz, incluso cuando veo como Nora saca una navaja del bolsillo y, con paso firme, se dirige hacia los cuatro hombres que le apuntan desde la distancia con sus rifles.
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